Néstor Mas

Martes, 14 de marzo de 2006

HUECOS

Entonces, pensé cuánto tiempo tardaría el hueco en volver a convertirse en el televisor que lo ocupaba. Ya no sólo físicamente allí, que era tan fácil como comprar otro igual y colocarlo en el mismo lugar, sino dentro de mi espacio, de mi vida, de mí.

Cuando un listo entra en una casa ajena y se lleva sin permiso todo lo que quiere, piensa sobre todo en el precio de lo que no merca, sin embargo, es mayor, infinitamente mayor -impagable-, el valor del hueco que deja. Durante los días sucesivos al hecho, veía atónito ese hueco, me miraba por dentro, y el abismo era insondable.

No tardé en reponerlo todo, todo, hasta el televisor. A medida que he ido descubriendo más huecos físicos en mi espacio vital -cuesta ir descubriendo todas y cada una de las cosas que te han sustraído, lo consigues poco a poco según las vas echando en falta, y entonces uno piensa en la ineficacia de la denuncia presentada en comisaría por la cantidad de cosas que faltaron por incluir en ella- los he ido tapando. Con un punto de obsesión reparadora, falsa, tanto como profundo el abismo dentro. Impensable en la vida del que no le sucede: no en “mi” casa, no en “mis” cajones, no en mí…

Hoy, dos años después del hecho, acabo de descubrir dos cosas: una es otro hueco -físico en este caso, el otro sigue estando ahí, despertando de vez en cuando con sobresaltos como el de ahora-; y otra, que el susodicho debía de ser, además de ladrón, melómano, ya que el hueco es el que ocupaba en “mi” estantería de música, “mi” CD de una preciosa ópera.

Insto desde aquí al listo para que esta noche, mientras compro de nuevo el CD, venga a cantarme el aria con la que quería adormecerme. Yo compro el CD mañana, no importa, pero que venga y me la cante, ¡quiero dormirme con ella!

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)

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