Néstor Mas

Viernes, 31 de marzo de 2006

SALAS

No es la primera vez, ni mucho menos, que voy a una sala alternativa a ver teatro. Una de éstas en las que las butacas no siguen la distribución habitual, y en cambio están colocadas rodeando el espacio escénico donde se desarrolla la acción.

Habituado a ver los inexpresivos cogotes de toda la gente que está sentada delante de uno, alineados geométricamente y temiendo siempre que te toque en la butaca de delante la señora más cardada de la sala, el tipo más jirafa o algún armario de tres cuerpos que te amarguen la tarde, he descubierto algo que nunca me había llamado tanto la atención como hoy. Este tipo de distribución en la que foro y orquesta son palabras que pasaron a la historia, no sólo te permite estar más cerca del actor y sentir hasta su respiración, sino que facilita también la fusión con el resto del público. En una suerte de contemplación voyeur, descubres sus miradas, sus gestos, su llanto o sus sonrisas al son del texto.
Y es como si la obra se multiplicase pasando a tener decenas de personajes, que no hablan, pero interpretan el texto que están viendo y escuchando con la expresión de sus rostros.

Y piensa uno entonces en las sensaciones que puede llegar a experimentar un actor cuando contempla estas mismas reacciones en el público, porque se siente uno también un poco actor, toda vez que desde la otra grada mucha gente puede estar observando también las propias reacciones.

Todo crece, así.

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)

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