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Sábado, 01 de abril de 2006

Una ciudad puede convertirse en un mapa de sombras. Las que dibuja el sol sobre sus aceras o las que imprime la vida sobre sus habitantes.
La propuesta es de Lluïsa Cunillé y la ciudad, no podía ser otra que Barcelona. Se representa con un plantel de excelentes actores, con cuya ternura Laila Ripoll ha sabido hacer encaje de bolillos, en la nueva sede de Centro Dramático Nacional en Madrid.
La escenografía, tan sencilla como espléndida -suele ocurrir así-, integra al público en cada uno de los cuadros, haciéndolo inquilino también de cada una de las habitaciones del viejo piso del ensanche barcelonés que una anciana pareja tiene alquiladas. A una veterana profesora de francés y escritora frustrada (María José Alfonso), un joven guarda de seguridad, que a sus más de treinta años sigue buscando la figura maternal (Roberto Enríquez) y una joven sudamericana embarazada (Marína Szerezevsky) que trabaja todas las horas del día en una cocina. Él, portero retirado del Liceo, cuenta sus últimas horas de vida (Walter Vidarte) y Ella (Montserrat Carulla), escribe desde siempre un diario secreto en el que, seguro, ha desvelado la especial relación que le une a su hermano, médico y homosexual (Nicolás Dueñas).
Arropado todo por una luz tenue, que acoge e integra los claros y los oscuros de las trayectorias de cada uno de los personajes. Mientras en la radio se retransmite “La Bohème”, que se va colando sigilosamente a través de los transistores de cada una de las habitaciones de la casa y sirve de hilo conductor de toda la historia.
Al final, cuando aparece el mapa de la ciudad emborronado de sombras y suenan las desnudas y desgarradoras notas que siguen a la muerte de Mimì, uno siente en la piel que es imposible trabajar mejor.
Por: Néstor Mas | EL PROSCENIO | Comentarios (1) | Referencias (0)
ana a. | 02-04-2006 20:37:50