Néstor Mas

Sábado, 08 de abril de 2006

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Se dio la vuelta. Desde allí, y a través de los grandes cristales de los escaparates de la tienda, observó el paso acelerado de los coches y el chasquido que producían sus ruedas en el agua que corría por el asfalto de la calzada. Qué rápido, pensó, en apenas dos minutos la lluvia había inundado las calles. La repentina tormenta de primavera le había hecho refugiarse en la librería de siempre.

Como siempre, tras sacudirse las gotas de lluvia de su cabello y haber secado sus gafas, se dirigió a la sólita estantería de autores noveles. Lo. Al azar, comenzó a hojear decenas de volúmenes. Cuando. Cuáles eran las primeras palabras en cada uno de los libros. No. Qué palabras habían tenido la suerte de ser elegidas para encabezar cada una de las historias. Siempre. Cuáles eran los puntos de partida tras los cuales el ovillo narrativo se había ido desmadejando. Era. ¿Y si su aparición en el primer puesto de la parrilla de salida no fuese casual? Mi. Existe. En.

Qué tontería, pensó, claro que no lo era. Atrás.

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