Néstor Mas

Domingo, 16 de abril de 2006

COMENZAR VI

Era la ciudad de los mosquitos. Nunca pisó lugar alguno donde los diminutos insectos se sintiesen tan bien. Los había escuchado incluso revoloteando sobre su cama aquella primera noche, en la silenciosa oscuridad de la extraña habitación en la que la había dormido. Una sola noche bastó. El sol, el mismo sol de siempre, colgado aquel día de nubes diferentes y entrando en aquella otra habitación por aquella otra ventana, le trajo los picores. No rascar. En la frente, en el codo, el tobillo, la espalda, decenas de picaduras por todo su cuerpo hacían que su sangre hirviese sin descanso. No rascar. Saltó de la cama y buscó el frescor reparador del agua de la ducha. Tengo que encontrar una farmacia, pensó. Sonó el despertador del celular, que vibró varias veces hasta caerse de la mesita de noche donde lo había dejado no muchas horas antes. Las ocho, se dijo. A qué hora abrirían las farmacias en…

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