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Lunes, 17 de abril de 2006
Siempre quiso llamarse Andrés. No es que su nombre de pila le disgustase en exceso, pero le gustaba más Andrés. Más corto, más sonoro, y sobre todo –aunque corriente- mucho menos usado que el suyo real. Por eso, en ocasiones que no entrañaban un grave riesgo, se hacía llamar así. En esas presentaciones efímeras donde el nombre de uno no importa demasiado, se cambiaba el nombre. Le gustaba. Era una suerte de refugio en el que guarecerse no sabía bien de qué, pero en el que se sentía seguro. Como un desdoblamiento, una prolongación de sí mismo y también, una farsa. Al fin y al cabo, pensaba a veces, la vida no era más que eso: mentira. Ese territorio resbaladizo de la falsedad…
Por: Néstor Mas | COMENZAR | Comentarios (1) | Referencias (0)
Me has hecho recordar a una amiga mia, que una vez me hizo reir muchísimo, vamos de llorar. Para ella era algo tan obvio, tener un nombre falso, una segunda identidad. Para esas ocasiones en que alguien te llama por teléfono, te quiere vender algo. Te hacen una encuesta. Y otras veces en persona, por que no dar ese otro nombre y jugar, sentirte otra persona y puestos a cambiar el nombre, por que no la procedencia, la ocupación. En fin a mi lo que me sorprendió era la premeditación, tener ese nombre en la cabeza, como un segundo DNI en la cartera. Que risa, la siguiente vez que alguien me llamó por teléfono para una encuesta, o no se lo que fue pero podría haber contestado cualquiera de mis compañeras de piso, di un nombre falso. No lo había pensado simplemente recordé la comversación con mi amiga y di su nombre falso, Julia Garrido, le robé su segunda identidad.
julia garrido | 19-04-2006 13:26:45