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Martes, 18 de abril de 2006
En la trasera de la casa familiar había un jardín. Un pequeño rectángulo de tierra rodeado de rosales, con un abeto, un albaricoque y una frondosa higuera. De niña, solía pasar las tardes de verano en aquel lugar. Siempre fue una niña solitaria. Prefería quedarse allí, leyendo, sentada en una vieja silla de anea y sentir el aroma de las rosas, a irse con los demás niños. La ciudad quedaba lejos en aquellos tres largos meses de verano que pasaba en el pueblo de sus padres. Cada año, los rosales estaban más grandes, incluso uno, el de la esquina más cercana a la acequia, había ido creciendo con ella, el abuelo lo plantó pocos días después de que naciese. Por eso a ella, sus pequeñas rosas amarillas le parecían las mejores y más olorosas del jardín. Aquella tarde, mientras todos en casa dormían la acostumbrada siesta, ella bajó al jardín con su libro en la mano. Se sentó como siempre en la vieja silla, bajo el albaricoque. Cuando abrió su libro, las palabras impresas en él comenzaron a elevarse en el aire, a revolotear persiguiendo a las demás mariposas que volaban de rosa en…
Por: Néstor Mas | COMENZAR | Comentarios (1) | Referencias (0)
Se parece al jardín de la casa del pueblo. Había un albaricoquero que cortaron. Y sigue habiendo rosas. También se parece al jardín de Amelia.
ana a. | 19-04-2006 18:32:15