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Viernes, 07 de julio de 2006
Arriba, en la falda de la montaña, el sonido de sirena no cesa. Cambia, se acentúa, se multiplica. No cesa. La ventana de uno de los corredores de la séptima planta del módulo central del inmenso edificio se convierte en observatorio, faro señero que alejado del mar vigila de cerca la jungla urbana, que bulle de vida. La misma que sube hasta allí a compás de sirenas.
Dentro, cerrada la doble puerta batiente que se abrió a la antesala del vacío. Donde nadie sabe qué es lo que realmente ocurre durante las dos horas que dura una intervención. Y durante la espera, historias. Cientos, miles de historias que el azar ha cruzado. Acompañadas de alegre llanto unas, y amargo otras. Rostros, pasos, silencios.
De regreso a la jungla, sigue incesante la vida subiendo en dirección contraria (o debería decir la muerte) hacia la frontera (tan estrecha). Siempre, para bien o para mal, un hospital es una frontera, cuyo paso conviene.
Abajo, sigue ardiendo el asfalto de vida. Viva la jungla porque arriba, en el faro, guía la muerte.
Tendrá que ser así.
Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (1) | Referencias (0)