Néstor Mas

Martes, 11 de julio de 2006

MUNDO

El Papa madruga para correr el encierro de San Fermín. Le da tiempo para oficiar la multitudinaria corrida que enfrenta en el ruedo a Nadal y al bravío astado de Basilea. Aprovecha -por no bostezar- el momento en el que la Caballé le canta un padrenuestro infumable de Cano, para sacarle la roja a Zidane, que se va con el peor cabezazo de su carrera. Rajoy le limpia mientras la baba a la Rita, que la tiene derretida “del calor”.

De vuelta al redil de mármol travertino, el avión de Iberia fletado para transportarlo -pagado por todas las familias, incluso las que no lo esperaron- se cruza en el cielo de la ciudad eterna con el escuadrón que dibuja en el aire la bandera tricolor, a modo de bienvenida. No para él, sino para la Selección, que llega con las dos orejas y el rabo. (El de Zidane no, que se lo llevó entre las piernas).

Y en Circo Massimo nadie, nadie, lo espera. No a él.

Qué mundo éste.

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)

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