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Domingo, 16 de julio de 2006
En aquella época se había convertido en un lector exquisito, breve. Con el tiempo había ido descubriendo que no, no podía seguir leyendo extensísimos volúmenes. No traía cuenta perder tiempo y vista con ladrillos infumables que, una vez terminados de leer no hacían sino reforzar su idea de que no era necesario escribir tanto. Que estaba muy bien escribir por el placer de escribir, añadiendo capítulos y capítulos a historias ya interminables. Aquella infinitud había que acotarla. Y un buen escritor -según su opinión de entonces- era el que empleaba toda su maestría en ese menester: en encontrar la esencia. Y buscaba bajo las piedras a ese tipo de autores, aunque para encontrar sus obras tuviese que encargarlas en las librerías y esperar semanas. Como el paciente paleontólogo que espera la consabida aparición del fósil único que le desvele aún nuevos secretos.
En “La vaca” -obra que no buscaba aquel día, pero que compró igualmente por su tamaño- Augusto Monterroso reflexionaba sobre algunos aspectos de su oficio:
“Cuando empecé a tratar de escribir, en Guatemala, sin maestros, sin escuela, sin universidad, tanteando aquí y allá, y en medio de la mayor inseguridad, suponía, tal vez no sin razón, pero en forma exagerada, que antes de escribir cualquier cosa debía saberlo todo sobre el tema escogido. Como es natural, esto me llevaba a no terminar nunca nada que emprendiera, con lo que fui acercándome peligrosamente al antiguo arquetipo del escritor que no escribe. Sin embargo, pronto principió a acecharme un peligro todavía peor: el de convertirme en el lector que no lee, debido a una nueva extravagancia, o exigencia absurda, que di en imponerme: la de leer al autor que fuera en su idioma original […].”
No dudó en subrayar ciertos fragmentos. Con lápiz, siempre con lápiz. Porque también, el precio del libro estaba escrito así en la esquina superior derecha de su primera página, y ni siquiera sintió la necesidad de utilizar un borrador de goma para hacer desaparecer aquella cantidad escrita todavía en pesetas, tan acostumbrado a ver sus libros minuciosamente subrayados y con anotaciones a pie de página:
“Pues no se trata tan sólo de una superficial cuestión de forma, de extensión o de maneras. Cualesquiera de éstas que el escritor adopte a través del tiempo, de los cuentos que logre perdurarán únicamente aquellos que hayan recogido en sí mismos algo esencial del ser humano, una verdad, por mínima que sea, del hombre de cualquier tiempo. Y de ahí su dificultad y su misterio. Ninguna innovación, ninguna ingeniosidad narrativa, ningún experimento con la forma que no estén sustentados en la autenticidad de los conflictos de cada personaje, consigo mismo y con los demás, harán por sí solos que determinados cuentos y sus autores se establezcan y perduren en la memoria literaria.”
“Interesante”, anotó en el margen de la hoja, la marcó con un pequeño rectángulo de cartulina de color tostado, y al descubrir que se trataba de la tarjeta de la librería donde había encargado aquel otro libro y ver escrito el número de teléfono de la tienda, descolgó el auricular rojo que reposaba sobre su escritorio y lo marcó.
Por: Néstor Mas | LEO, LEES, LEE... | Comentarios (0) | Referencias (0)