Néstor Mas

Jueves, 22 de marzo de 2007

SANGRE II

¿Qué vas a hacer ahora? La voz de la enfermera suena con una profundidad de abismo, mientras deja sobre la mesilla dos vasos, uno con las pastillas y otro más grande lleno de agua. Allí siguen las dos tostadas, la manzana y el vaso de leche que antes ha dejado la auxiliar. No es sólo el persistente poso de los barbitúricos en mi cerebro lo que paraliza mi cuerpo. Inexplicablemente, además, hay una fuerza que empuja desde arriba aplastándome contra el colchón. Siento como mis muñecas y mis tobillos, ya sin correas que los aprieten, siguen amarrados fuertemente a las barras laterales de la cama, tal y como han estado en los tres últimos días. Miro al techo, la tercera grieta, la que está al lado de la pantalla derecha de fluorescentes, la más grande, la que tiene forma de ala de mariposa. Todo está igual ahí arriba, conozco el techo centímetro a centímetro. Este pabellón está lleno de rostros siniestros, de miradas perdidas en ninguna parte, de cuerpos que deambulan presos de una extrema soledad. Tú no eres como ellos. Me dijo el segundo día, cuando desperté. Entonces le sonreí, hoy no estoy seguro de haberlo hecho. ¿Qué vas a hacer ahora? Repite al comprobar que el funcionamiento del gotero es correcto. La miro a los ojos pero no consigo articular palabra. Sé que ha entendido mi silencio, no sigue insistiendo, sale de la habitación y la escucho un día más conversar con alguno de esos rostros de mirada perdida que pululan por los pasillos. Su voz suena dulce, cercana, protectora. Tú no eres como ellos. Dijo cuando recobré la consciencia. Fueron las primeras palabras de aliento que escuchaba en mucho tiempo. Debe de hacer más o menos una hora que un celador ha venido a quitarme las correas con las que me han tenido inmovilizado y todavía no me he movido. No me ha hablado, se ha limitado a hacer rápida y mecánicamente su trabajo y ha salido por la misma puerta por la que había entrado apenas tres minutos antes. No puedo moverme. Debería al menos haberle sonreído a la enfermera como muestra de mi agradecimiento y creo que ni siquiera he sido capaz de hacerlo. El techo sigue igual, aunque la forma de las grietas va cambiando a medida que la luz del sol que entra por la ventana se va haciendo más intensa. La grande, la que tiene forma de ala de mariposa durante la noche, a esta hora de la mañana parece más una manzana, o una calabaza. Me clavaban sus ojos. Los rostros que pueblan los pasillos de este pabellón clavaban sus miradas perdidas en la mía. La camilla en la que me trajeron los sorteaba. A cada paso del celador que la empujaba, una nueva figura parada mirándome desde el vacío, un rostro desencajado, unos ojos suspensos en la nada. Cuerpos recluidos, olvidados. Anónimas siluetas cuya vida no es sino un eterno paseo sin rumbo, sin sentido. Tú no eres uno de ellos. Me perseguían. Han estado asomándose incansablemente a la puerta de mi habitación con sus muecas descaradas unos, amenazadoras otros. Una enferma no ha dejado de buscar a su perro por todos los rincones del pabellón desde que desperté. El anciano que estaba en la cama de al lado, llamaba a gritos a su hija, desesperado en su demencia, lloraba y le preguntaba una y otra vez por qué lo había abandonado. Nunca había visto a nadie llorar con tanta angustia y tanta desesperación. Tuvieron que amarrarlo a la cama con correas porque se había quitado la sonda de la orina repetidas veces de un tirón, vi como brotaba su sangre a través de las sábanas de su cama, justo a la altura de su entrepierna. Quería hablar conmigo. Amigo. Repetía constantemente sin recibir mi respuesta. El techo. Yo miraba al techo. La grieta con forma de calabaza, los fluorescentes, la rejilla de la calefacción, la cornisa a lo largo de todo el contorno de la estancia, la pequeña lamparita de luz roja intermitente del detector de incendios, la rejilla de ventilación. O cerraba mis ojos fingiendo estar dormido. Hubiera bastado con girar mi cabeza hacia mi hombro izquierdo. No fui capaz de contestarle. La enfermera hizo que se lo llevaran y me quedé solo, mirando al techo. Entonces comenzó la procesión de rostros que se asomaban a mi puerta o se quedaban parados allí, clavándome sus miradas desde el pasillo. Estaba contando los minutos con el parpadeo de la luz roja del detector de incendios. Según mis cálculos, cada uno de sus destellos podría corresponder a un segundo. Las horas se hacían menos eternas si mantenía mi mente ocupada en algo e intentaba olvidarme de la presión de las correas en mis muñecas y tobillos. Cuando quise darme cuenta, un enfermo que se había acercado a mi cama se estaba masturbando a sólo unos centímetros de mi cuerpo. Grité. Grité con todas mis fuerzas. Todo fue tan rápido que cuando quise gritar, una gota de su esperma había alcanzado ya mi antebrazo. Lejos de asustarse con mis voces, guardó lentamente su miembro y se quedó allí, paralizado, mirándome sin ninguna expresión en su cara. Su rostro no experimentó tampoco ningún cambio, cuando la enfermera lo hizo volver al pasillo. Se limitó a salir tranquilamente por la puerta. Tú no eres como ellos. Me tranquilizó con su voz amable. Me limpió el brazo con un algodón impregnado en alcohol, a la vez que me explicaba que incidentes como aquél ocurrían a diario y que no debía darle importancia. Debería intentar moverme, desayunar y tomar después la medicación como me acaba de decir ella. No me gustan las manzanas, pero tampoco he sido capaz de decírselo a la auxiliar cuando me ha traído el desayuno. De dónde emana esta fuerza que me inmoviliza. Todo está igual ahí arriba, en el techo. ¿Qué vas a hacer ahora? Estoy bastante bien, después de todo, sólo ha quedado una pequeña secuela en mis riñones, que se solucionará con un poco de medicación. Los tres puntos de mi ceja derecha se caerán solos, ni siquiera tendré que volver a un hospital para que me los quiten. Eso ha dicho también la enfermera. Si consigo incorporarme un poco, sólo me comeré las tostadas con la leche. He creído escucharle además, que es posible que mañana el médico me dé el alta. Sé que no soy uno de ellos. Pero qué voy a hacer ahora.

N. M.

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Muy bueno, Néstor. Sigue la angustia, pero está bien. Sigo esperando una nueva entrega. A por ella!

YAGO | 28-03-2007 15:30:50

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