Néstor Mas

Lunes, 02 de abril de 2007

CASAS

“Años más tarde, después de que mi hermana sufriera una serie de crisis nerviosas, mi padre seguía creyendo que no le ocurría nada. Era como si fuera biológicamente incapaz de comprender su estado. En uno de sus libros, R. D. Laing describe al padre de una joven catatónica que en cada visita al hospital cogía a su hija por los hombros y la sacudía con todas sus fuerzas, diciéndole que `saliera de ese estado´. Mi padre no sacudía a mi hermana, pero su actitud era básicamente la misma.

-Lo que necesita –solía decir-, es conseguir un trabajo, ganarse la vida, comenzar a vivir en el mundo real.

Por supuesto ella lo hizo, aunque eso era exactamente lo que no podía hacer.

-Es muy sensible –decía él-, necesita superar su timidez.

Al domesticar el problema y convertirlo en una singularidad de su personalidad, podía seguir creyendo que a mi hermana no le ocurría nada serio. No se trataba de ceguera, sino de una falta total de imaginación. ¿En qué momento una casa deja de ser una casa?, ¿Cuándo se cae el techo?, ¿Cuándo le quitan las ventanas?, ¿Cuándo las paredes se desmoronan?, ¿Cuándo se convierte en un montón de escombros?

-Sólo es diferente –decía él-, no le pasa nada.

Pero un día, de repente, las paredes de la casa se desmoronan. Sin embargo, si la puerta sigue en pie, todo lo que hay que hacer es abrirla y volver a entrar. Es agradable dormir bajo la luz de las estrellas, y la lluvia no importa; total, no durará mucho”.



Paul Auster, de “La invención de la soledad”.

Por: Néstor Mas | LEO, LEES, LEE... | Comentarios (0) | Referencias (0)

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