Néstor Mas

Miércoles, 26 de septiembre de 2007

MONEDAS


De las pequeñas doradas, diez hacen un euro. Si las monedas son rojas, más pequeñas, son veinte las que sumadas hacen un euro. No es fácil encontrar un palmo de tierra limpia en el centro de la ciudad. La gente al pasar, apenas gira la cabeza para fijarse en mí. El barro refresca el cuerpo cuando está tierno, después de horas al sol asfixia la piel. Cada tipo de moneda hace un ruido distinto al caer en la lata de pimientos, reciclada de una papelera, que me acompaña por todas las esquinas en las que paro. Soy una estatua inmóvil. Puedo apartar las cacas y conseguir una cantidad de tierra suficiente para embadurnarme. Pero es imposible separar el orín de perro que la impregna. Los segundos son largos. Los silencios horadan. Sólo miro sus pies, los pies de cientos de viandantes con sus vidas a cuestas. Sé perfectamente el valor de cada moneda que cae dentro de la lata. Los músculos se entumecen después de la primera hora de inmovilidad. Escucho cientos de conversaciones inacabadas a lo largo del día. Las concluyo, las reinvento. ¿Y ellos, qué pensarán de mí? De las grandes, si hay suerte, tan solo dos suman un euro. Los días que en que al final ni siquiera consigo que en el bar de siempre, Santiago, pueda canjearme todo el botín por un billete son durísimos. Entonces son miles, millones, las monedas necesarias para completar un euro. Y es el de todos los perros del mundo, el orín que mezclado con el barro impregna mi ánimo.

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)

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