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Domingo, 21 de octubre de 2007

Foto J.A. del Pozo.
- ¡Voy! - respondió.
Pero tengo que coger un tren en veinte minutos, no tengo demasiado tiempo, pensó. En ese momento sonaban marchas militares por toda la ciudad. Parecía que algún acontecimiento importante fuese a tener lugar, pero él lo desconocía. En la aceras, multitud de persona agolpadas como esperando el paso de alguien importante. En las ventanas, personas que enarbolaban, y colgaban después en las barandillas, banderas tricolores, y de repente, una terraza. Una extensa terraza sobre el patio vecinal pintado en tonos ocres de un gran edificio residencial cercano a Piazza Bologna. Y ella. La misma que minutos antes había sorteado a centenares de personas en las aceras, tendía ahora pausadamente al sol, blancas sábanas de hastío. Bellísima, con su desarreglada melena, susurrando una vieja canción de amor. Antonietta cantaba y abajo, en la quinta ventana del lado derecho, Rosamunda desde su jaula parecía acompañarla con un alegre gorjeo. De fondo, ahora por las radios del vecindario, continuaban los himnos. En la ventana de al lado a la de Rosamunda, la silueta de un hombre practicando salsa sobre los pasos pintados en el pavimento de su salón, Gabriele. La voz de un locutor interrumpió una marcha para anunciar que en ese instante el tren del Füher llegaba por primera vez a la ciudad, al unísono, miles de personas desgañitaban eufóricas sus gargantas por la gloriosa noticia…
Escuchó, por los altavoces de la megafonía de la estación, el anuncio de la salida de su tren. Faltan sólo cinco minutos, no puedo perder ese tren, pensó, y se apresuró a dirigirse al andén.
Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)