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Viernes, 26 de octubre de 2007
UN CINE DE PUEBLO
En mi pueblo hubo un cine. Una de esas salas antiguas de incómodas butacas abatibles de madera, suelo entarimado y gallinero en lo alto con una barandilla ondulada de cornisa de escayola. Ambigú, donde a los chicos nos vendían palomitas, chicles, pipas…, y todo. La pantalla sobre un pequeño escenario con un viejo y polvoriento telón verde. Incluso una vez, en la escuela, hicimos una obra de teatro que representamos en aquel escenario. Recuerdo que era un cuento de un tal “Wilde” que se llama “El jardín del gigante egoísta”. Yo era el “niño dos”.
Nos gustaba subir al gallinero y ver desde allí la película. Yo intentaba sentarme lo más cerca posible del ventanuco abierto en la pared de la cabina de proyección. Justo en la butaca de debajo, si había corrido lo suficiente al abrirse las puertas y subido la larga escalinata, que conducía a él, como un rayo. No siempre era posible porque todos corríamos como alma que lleva el diablo. Ocupar aquella butaca, o las contiguas a ella, te proporcionaba ciertos privilegios. Entre ellos, el de poder cortar con la mano el denso haz de luz que emanaba de aquel óculo y proyectar su sombra, ampliada a un tamaño descomunal, sobre la pantalla. No sin los correspondientes pitidos del respetable y gritos del maquinista.
Boquiabierto, veía aquel misterioso e inmenso chorro de luz que cambiaba de color, reflejada en el polvo y el humo –siempre había gente que fumaba- y se convertía después, al chocar contra la pantalla, en nítidas imágenes. Imágenes, que además hablaban. Si hubiese existido la magia, hubiese sido algo muy parecido a aquel fenómeno. En mi imaginación infantil, existía.
Que aquel polvoriento telón verde se abriese cada tarde de domingo, y descubriese la gran pantalla en la que se proyectaría la película, era una suerte de viaje iniciático a través del cual podías adentrarte en quién sabía qué exóticos mundos.
***
Durante muchos años de su lejana juventud, pasó los fines de semana trabajando como maquinista en el cine del pueblo. Lo ha contado en muchas ocasiones. Eran años difíciles, en los que conseguir un poco de dinero extra no venía nada mal a la economía familiar. Eran los años de las grandes divas del cine español: “la Sevilla”, “la Montiel”… Los años del NODO.
El trabajo comenzaba por ir a recoger, cada viernes, las sacas de lona que contenían los grandes rollos de película al “correo” -entonces era así como se llamaba al único autobús de línea que pasaba por allí- y acababa el lunes, al alba, cuando las devolvía al mismo, rebobinados los grandes carretes, listos para ser utilizados en el siguiente pueblo.
Hasta el cine, las transportaba en una carretilla, pesadas como eran, y después las subía al hombro a lo más alto de la sala, la cabina de proyección. Después, en cada sesión y salvo algún imprevisto producido por alguna película que llegaba en muy mal estado, la tarea era rutinaria: colocar los grandes rollos en los rotores de la máquina, hacer pasar la cinta por un sinfín de cilindros móviles, comprobar que su tensión fuese la necesaria –ni demasiado tensa, ni demasiado floja-, fijar su extremo al carrete vacío del final de recorrido donde habría de bobinarse, y después de pasar unos cuantos metros de película para comprobar que todo funcionaba bien, ya estaba lista para comenzar. Lista para que el telón se abriese. Durante la proyección, se limitaba apenas a vigilar que la velocidad de los rodillos fuese constante. Para que así, el film no quedase expuesto demasiado tiempo frente a la candente chispa del electrodo de carbón del proyector y pudiese quemarse. Produciendo un daño irreparable en el mismo.
***
Vemos juntos una película esta tarde de domingo. Una entrañable película que recrea la historia de amistad entre un niño y el maquinista de un cine de pueblo. Nos emocionamos. Yo he rememorado el niño que fui y él, seguramente, aquella pequeña cabina en la que tantas horas pasó.
Me dice que finalmente ha podido entender el aparato de DVD. Que ya es capaz de ponerlo en funcionamiento cuando está solo. Que sólo conoce la función de tres o cuatro teclas del mando a distancia del aparato, pero con eso le basta. Y que cuando algo no va bien, lo apaga y lo vuelve a encender hasta que consigue hacerlo funcionar. Pero que eso le ocurría más al principio, que ahora ya casi lo consigue a la primera, que no tiene que apagarlo tantas veces. Sonrío. Pero que hay una cosa que, pasados más de cincuenta años desde aquéllos que acaba de rememorar viendo la película, le es imposible entender. Me dice esto, y calla de repente.
Lo miro. Observa incrédulo el pequeño disco de DVD que retiene en sus manos. No habla, aunque sé lo que dirá después. Ese disco de apenas veinte centímetros de diámetro y dos milímetros de espesor.
***
Cuando yo era el niño que soñaba en una butaca del gallinero del cine de mi pueblo, no sabía cuántas tardes de domingo había él abierto el telón de aquel cine. Lo supe años después. Él, entonces, tampoco podía imaginar la llegada del DVD. Aquéllos, eran otros tiempos, tan otros, que él todavía no era mi padre.

(Idem al anterior).
Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (2) | Referencias (0)
Me ha encantado.
Yo también he vuelto a aquellas tardes de domingo, con olor a chucherías y cebolletas rojas en vinagre. Yo me sentaba donde se sentaban todas, y casi siempre la última de la fila, era la recién llegada, la "folastera" que intentaba integrarse. Después íbamos al Bar Imperial a merendar el frankfurt y la coca-cola. Creo que era lo que todo el mundo hacía el domingo.
Aquello era muy nuevo para mi, de donde venía no había cine, hubo sesiones de cine en el teleclub pero en los años de juventud de mis padres, cuando decían que les costaba una peseta. Y si, había visto algunas películas en vídeo era porque mi hermano mayor las traía el viernes de Teruel, cuando estaba estudiando y venía el fin de semana. Los demás esperábamos ansiosos ese día para ver que película nos traía "el correo".
No hace mucho, donde estaba el cine Luis Buñuel vi una gran puerta y una P, de aparcamiento. Que triste el cine un aparcamiento, y cutre, no era una reforma acabada, con pintura, luces, etc. Era el cine sin butacas y con coches, conservaba la rampa en el suelo y el techo inclinado con las luces en escalón, precisamente como se apagaban de atrás hacia delante. También estaba el escenario, no recuerdo si sólo era el fondo donde estaba la pantalla. El caso es que yo también represente mi papel en octavo, yo era cómica y domesticaba a una pulga. Se ve que lo hacía bien por que lo repetí en otras dos, o tres ocasiones, bueno hasta que te puede la vergüenza. Si la gente se partía de risa.
En fin una escena muy surrealista, eso si olía como siempre a pesar de esa gran puerta abierta, mantenía el olor ya no sé si a cebolleta o a una rancia mezcla, de viejo y aceite de coche. Creo que reconocí la cebolleta.
Julia Garrido | 01-11-2007 22:15:59
La magia de los recuerdos, Julia. La magia de la red. Qué pena de la desaparición de los cines en los pueblos.
Néstor Mas | 01-11-2007 22:38:30