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Miércoles, 31 de octubre de 2007
El mismo tren que había partido de la vía siete, enfilaba ahora la número tres de la estación de aquella otra ciudad. La alta velocidad y Stefano Benni habían convertido el viaje un suspiro. El paisaje toscano quedaba reducido a una suerte de extraño fotograma pasado velozmente al otro lado de la ventana. Apenas cambiante, apenas sospechado, apenas verde. Sólo de vez en cuando, algún aislado ciprés se había convertido en testigo mudo de aquel trayecto. Ahora, los montones de grava gris sobre los que descansaban las traviesas de la vía habían quedado atrás y se habían convertido en un espacioso andén en el que comenzaban a verse decenas de personas impacientes, deseosas de adivinar al otro lado de las aguas del cristal de las ventanas algún esperado rostro. Algunas corrían lentamente en el sentido de la marcha, otras quedaban atrás, otras saludaban con sus manos. El tren, como un levísimo estertor, fue paulatinamente perdiendo velocidad hasta quedar completamente parado. Comenzaron dentro los ajetreos de los viajeros para coger sus equipajes a toda prisa y salir de aquel vagón. Dos páginas más, bastará con leer dos páginas más y toda esta gente habrá desaparecido, pensó. Después la tarea rutinaria en aquellas ocasiones, recoger su propia bolsa y abandonar el tren. Nadie me espera, se dijo. No habrá nadie en el andén que me regale su abrazo a mi llegada. Pocas cosas peores que llegar a una estación en la que no te espera nadie. Sacó su bolsa de la bandeja en la que, sobre su cabeza, había viajado todo el trayecto, se dirigió hacia la puerta de un compartimento ya vacío y bajó del tren.
Mientras caminaba por el andén notó la presión de una mano que, posándose sobre su hombro derecho, intentaba detener su paso. Al girarse, el rostro iluminado de Sofía le hacía un guiño y la mano, la misma que lo había retenido tres segundos antes, agarraba ahora la suya y lo acompañaba. Para entonces, el bullicio de miles de turistas en el vestíbulo de la estación se tornaba casi insoportable.

Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)