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Lunes, 26 de mayo de 2008

La máscara de cerámica siciliana se sumerge y el agua es jabonosa y limpia y las marcas que la ceniza de los años ha impreso sobre ella van desapareciendo. Ha bastado descolgarla de su lugar habitual. Ha bastado pensar que era necesaria una renovación. Ha bastado pensarlo. No flota. Su peso la rinde inmóvil en el fondo del recipiente, y basta un ligero soplo que aparte la espuma de la superficie del agua para que aparezca el pequeño y risueño rostro de barro esmaltado en blanco -cada vez más blanco, cada vez, más inmaculado- y la diadema vegetal con motivos frutales que lo circunda dejando asomar, tan sólo, un pequeño mechón del flequillo infantil que representa. Cada soplo, como un amanecer pausado, abre el telón de espuma que, una y otra vez, sobre ella se cierne como una lluvia mansa. Y así, la comedia comienza y el espacio se llena de magia. Y huele a mar y a ceniza volcánica y a incienso y a naranja. Y Sicilia, desafiando al devenir del tiempo, regresa, ocupándolo todo.
Una burbuja ínfima, otra, brotan del lagrimal inerte, inanimado. Aire que vuelve al aire en sucesión perfecta y riguroso orden. Brotan y esperan turno para unirse una a una, fuera, sobre el lienzo de agua, formando un geométrico panal de lágrimas. Un llanto de tragedia que desdibuja su falsa, su dulce y celestial sonrisa arcaica. Y huele a soledad y a olvido y a distancia. A irisado silencio.
Ha bastado pensarlo. Bastará regresarla a su lugar. Bastará colgarla de nuevo en su pared. Esa pared interna donde rompe un latido, y se quiebra, y grita. Y parece decir que aún queda vida.
Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (1) | Referencias (0)
ángela | 28-05-2008 22:25:06