Néstor Mas

Viernes, 07 de noviembre de 2008

UF!

Son las cinco menos cuarto. Sales de casa con el tiempo de sobra para tomar un café, incluso, antes de entrar a clase. Apenas te has alejado unos metros del portal, caes en la cuenta de que el profesor, ya en su primera clase de hace tres semanas, advirtió que la misma empezaría siempre veinte minutos después de la hora señalada. Piensas entonces que tienes, incluso, tiempo, además, de para tomar un café, de pasarte a comprar el deuvedé de la película que te gustaría volver a ver durante la velada. Vas a la tienda, y después de asombrarte por haberla encontrado -no con pocas vueltas por toda la planta- finalmente en la sección de “comedia”. Sales a la calle y coges el metro para recorrer sólo el trayecto de una estación, que es la distancia que te separa del centro donde, a las cinco y veinte, dará comienzo la clase. Como cuando sales de nuevo a la calle no es, todavía, la hora, decides entrar en el bar que has comenzado a frecuentar no hace mucho las tardes que, como esa,  llegas con antelación al comienzo de la clase. Comprada ya, entonces, la película y tomados el metro y el café, decides dirigirte hacia el aula. Justo al abrir la puerta del centro educativo piensas en lo que da de sí media hora, incluso en una gran ciudad, en las cosas que has podido hacer en tan poco tiempo, comprendida la charla que te ha amargado un poco el café y que te ha dado un canario que no pedía dinero, no, que era una colaboración por sus trabajos pictóricos realizados con la yema de su dedo en unas tirillas de cartón y que llamaba marcapáginas, y que no, no, no pedía dinero y que lo que quería era volver a sus islas queridas porque allí había dejado a su novia y la echaba mucho de menos y que como en esta ciudad, sabes como te digo, no?, la vida no era fácil y que después usaba un pequeño pincel para resaltar algunas formas y definirlas mejor en sus diseños y que eras muy amable por escucharlo no has tenido más remedio que comprarle una de esas tiritas de cartón pintarrajeadas por el módico precio de dos euros para que se callara, ¡ya!. Llegas, al pasillo, digo, y no hay nadie fuera del aula esperando. Miras por entre las rendijas de la persiana de una de las ventanas del aula y allí, se está impartiendo ya la clase. Son las cinco y dieciocho. ¿Pero no quedamos que la clase comenzaría siempre veinte minutos más tarde de la hora fijada en los horarios oficiales? Te sobran todavía dos minutos, el tiempo de entrar y tomar asiento. No te gusta llegar tarde ni interrumpir la charla del profesor, nunca lo haces. Hoy tienes todo el derecho del mundo a hacerlo: si se queda a una hora, se queda a una hora, no eres tú el que ha incumplido el pacto. Y, de haberlo sabido, ni café ni película, no hubieses aguantado tanto tiempo al canario de las narices. Además, tan impuntual es el que llega después como el que llega con antelación, bla, bla, bla… Incluso cuando cierras a tus espaldas la puerta azul marino, igual a todas las de las aulas del centro, piensas por un momento en interrumpir completamente al docente y espetarle con todo tu derecho a hacerlo: “Pero no dijo usted que, bla, bla, bla…” No lo haces. Entras sigilosamente y ocupas uno de los pocos pupitres que quedan libres en las últimas filas. Sacado ya el libro, y los folios en blanco, y el boli, te bastan apenas unas frases del señor que habla delante de la pizarra, para comprobar que nada tienen que ver con el tema sobre el que, se supone, debía versar la clase de ese día. Se supone que algo del IPA debería decir y está hablando de una Orden Religiosa que a su llegada a España allá por la Edad Media, acabó con gran parte de la literatura anterior usando los volúmenes escritos hasta entonces para calentar las largas y frías noches de invierno en sus monasterios. ¿AFI o IPA en la Edad Media?, te preguntas. Este señor ya está divagando, como siempre. ¿Habrá dormido bien la noche pasada? Hace referencia a un mapa, que debería estar en la página cincuenta y tres del libro, pero que no está, en tu libro hay un maravilloso dibujo de una cabeza humana en el que se resaltan todos y cada uno de los órganos que intervienen en la fonación del homo sapiens. El colega de al lado, al otro lado del pasillo, tiene un libro distinto al tuyo, el de delante también. Ya está, te han vendido una edición anterior del libro de texto. Este año ha cambiado y a ti, que compraste el libro mucho antes del comienzo oficial del curso, te han empaquetado uno viejo. Como sigues sin saber de que habla aquel señor, sí lo sabes, pero aquello no tiene sentido, te dedicas a echar una ojeada a todo el libro. Jurarías que no hay una sola fotografía de un mapa en todo el manual. No, y no es que te hayan vendido una edición con el mismo contenido ordenado de forma distinta, no, es que te han vendido una edición completamente distinta, allí no hay mapa que valga. Imaginas las ganas que tienes de volver a pillar por banda a la misma dependienta de la librería que ya te la jugó, semanas atrás, asegurándote que no existía manual de aquélla otra materia y te obligó a ir por él una segunda vez… esta vez la pondrás de vuelta y media y te quedarás tan ancho. Siguen los monjes campando a sus anchas por aquel mapa de la península ibérica inexistente y el aula comienza a llenarse de una vaporosa nube de irrealidad. Es como si de repente el realismo mágico del film, que acabas de meter en el bolsillo interior de tu mochila, se hubiese desparramado en el ambiente impregnándoos a todos los asistentes, incluido el señor de gafas y barba canosa que no deja de hablar de no sabes que monjes. No es que conozcas mucho los rostros de la gente de clase, tan cambiantes, ni mucho menos los cogotes. Aún así, comienzas a intuir que todos los que ves repartidos en las filas delanteras no te suenan de nada. Huy! el colega de al lado ha cerrado el libro y has podido leer en su portada que corresponde, no sólo a otra asignatura, sino a una carrera distinta. Lo confirmas con él en voz baja: ¿oye, vosotros sois de inglesa, no? Y entonces lo entiendes todo: te has metido a la clase anterior a la tuya, que corresponde a otra Filología, cuya materia imparte tu mismo profesor. No miraste el horario para comprobar que tu clase comenzaba ese día, al contrario que los del resto de la semana, una hora más tarde. Así que te has tragado cuarenta minutos de la clase de lengua de esa otra carrera. 

Uf! Respiras hondo. Menos mal que no cortaste la clase, y menos mal que no tendrás que ir a la librería a cambiar el libro ni montar un numerito más con la dependienta. Y qué velada más agradable pasarás esa noche viendo la película. Hasta el marcapáginas que observas ahora en tus manos, te parece no estar tan mal. Además, la Orden de Cluny, bien vale un despiste.    



Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Espléndido relato, Néstor.

ángela | 07-11-2008 23:26:38

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