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Miércoles, 19 de noviembre de 2008

- ¿Sabe usted lo que es un cirujano?- dijo-.
Habían pasado cuatro horas desde que la mirada de aquella funcionaria gris, acomodada e imperceptible, lo hubiese fulminado tras el pequeño golpe que produjo la puerta al cerrarse a sus espaldas. Él, en ese momento, pidió inmediatamente disculpas por su despiste y evitó, a su vez, entrar en detalles sobre que era la primera vez que visitaba aquella sala de lectura y sobre que la pesada puerta de entrada no cerrase bien... Evidentemente, para hacer sonoramente menos destacable aquel pequeño incidente. Después se sentó en una de las mesas y sacó su arsenal de apuntes y libros. Cuatro horas, tres, tiempo más que suficiente para, a cada alzado de vista, comprobar que la sala seguía la tónica ya sugerida por un pequeño tablón de anuncios -abarrotado de avisos- que había a la entrada, justo al lado de la pesada puerta azul metálico. Allí pinchados podían verse: horario de apertura de la sala; horario de apertura de la sala en época de exámenes; días festivos, por meses, en los que la sala permanecería cerrada; normas para el préstamo de libros; normas para la utilización del recinto por el personal del mismo; normas para la utilización del recinto por el personal no del mismo; normas en caso de pérdida de volúmenes; normas que prohibían subrayar y deteriorar los fondos; normas para el tiempo máximo de ausencia del puesto ocupado… En la sala, debía guardarse silencio. No se podía rebasar la línea de una escalera que conectaba con la salida de emergencia, solamente en tal caso. Se debían dejar los libros consultados no en las mesas, sino en los carros colocados a tal efecto. Un cuarto de hora antes del cierre, había que empezar a desalojar las mesas. El carné de usuario debía ser colocado con la parte de la fotografía visible, sobre los atriles, dentro de unas fundas transparentes colocadas allí, con anterioridad, para ello. Estaba prohibido fumar. Se debían apagar los flexos durante las ausencias, al ir al baño, por ejemplo. El baño: allí tampoco se podía fumar porque saltaba la alarma antiincendios -incierto, porque no había ni un solo detector de humos-; debían cerrarse los grifos con el fin de ahorrar agua; no era posible tirar al inodoro las toallitas de secarse las manos; no se podía arrojar allí, tampoco, ningún objeto; no se podía utilizar el secamanos de aire caliente porque estaba aberiado… La ultima hora, suficiente para atar cabos sobre quién habría empapelado con todo tipo de carteles, escritos con todo tipo de letras, las paredes de aquella biblioteca, y, para alcanzar un cabreo monumental. Cabreo monumental por estar escuchando durante esos últimos sesenta minutos –tiempo que tardó la funcionaria en recolocar todos los volúmenes utilizados, que los avisadísimos usuarios habían ido colocando dócilmente en los carritos colocado a tal efecto- los largos paseos de la acomodada, gris y perceptible funcionaria y sus tacones de aguja.
- Pues imagíneselo –continúo-, imagíneselo entrando en el quirófano con dos maravillosas castañuelas colocadas en sus manos. Evitaré entrar en detalles.
Por: Néstor Mas | LOS DÍAS, LAS HORAS | Comentarios (0) | Referencias (0)